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HOMENAJE A JUAN SÁEZ BURGOS LOS CUCHILLOS DEL ABRAZO
Por
Vanessa Droz
Para Carmiña, Shije y Sofía 1. Granada es una ciudad donde los cuchillos de la muerte vienen de todas partes. Algunos caen del cielo. Si no lo creen, pregúntenle a Tomás López Ramírez, que en 1970 se salvó de uno de ellos porque —por alguna equivocación de Átropos, la parca que corta el hilo de la vida— lo arrojaron de mango. Otros cuchillos bajan también: dejan su huella de sangre río abajo, en las aguas del Darro, después que los devotísimos cristianos, durante la mal llamada Reconquista, pasan a cuchillo las familias moras del Albaycín. En las paredes de algunos recodos de ese barrio, mitad gitano, mitad payo, todavía hoy se leen las advertencias: “Cuidado. En esta esquina atacan con cuchillo”. Y el cuchillo más recordado, el de la represión y la desvergüenza, el que fue a buscar a Federico García Lorca al Tamarit para pretender dejarlo sin alma entre unas montañas.
En esa ciudad, último
reducto de los moros en España, conocí a
Fue precisamente a través de esa tribu que yo, con apenas dieciocho años, conocí al sobrino de la mítica Julia. Años más tarde, cuando ya yo había publicado algún versillo en Sin Nombre, me confesaría Juan, muy ambiguamente, que Nilita no le publicaba en su revista; y esto por razones que yo no alcanzaba a comprender del todo en aquel entonces. Si mal no recuerdo, fueron Frankie Hernández y Yousef Mahadin quienes me invitaron a un cumpleaños que se celebraba en casa de Juan y de su primera esposa, Marisol: el cumpleaños de María Soledad, quien toda la vida seguirá siendo Shije. El encuentro para mí fue definitorio… Primero, porque las paredes de la casa de Juan estaban forradas con todos esos maravillosos carteles de la División de Educación de la Comunidad que comenzaron a constituir para la adolescente desconocedora, en aquel breve exilio, el símbolo de la puertorriqueñidad, de nuestra cultura, algo a qué aferrarme. Juré que algún día los tendría todos. Segundo, porque Juan era el primer poeta vivo que conocía, un acontecimiento que tenía visos casi de milagro pues, como le confiesa asombrada una estudiante a Juan Antonio Ramos cuando le conoce: “Yo siempre pensé que todos los escritores estaban muertos”. Y tercero, porque yo, que me hallaba sumida en el más profundo y deambulante extravío por no saber para qué había venido al mundo y ya había trazados algunos borrones literarios en torno a ello, me atreví a comentárselo a Juan. Él me prestó, entonces, Un hombre para el llanto. Mientras iba leyendo ese mundo, esa voz, en la penumbra de la majestuosa catedral de Granada, pensaba: esto es lo que yo quiero hacer, esto es lo que le va a dar sentido a mi vida… la poesía. En esa primera lectura, gracias a Juan, a su modo de construir las imágenes y los textos, a su modo de manejar la rima, me llegó filtrada la poesía de aquellos a los que, después, acudiría directamente: Don Juan, Vallejo, Julia, Don Pedro Mir, Neruda, Alberti, León Felipe…tantos otros… sigue leyendo... |
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FESTIVAL DE JÓVENES POETAS |
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